Primera etapa: Orígenes de la prensa y subordinación a las disputas políticas

La transformación de una aldea en la ciudad de Buenos Aires como capital del Virreinato del Río de la Plata fue el escenario del surgimiento del primer medio de comunicación impreso en la región: el Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico del Río de la Plata, creado en 1801 por Francisco Cabello y Mesa. Sin que hubiera un mercado de lectores, sin apoyo económico sostenido, sin una opinión pública alfabetizada que pudiese interactuar con el primer periódico impreso-dado que la generación de una opinión pública “moderna” fue uno de los propósitos fundacionales del Telégrafo Mercantil, la experiencia tuvo un año de duración. La existencia de mecanismos institucionalizados de censura y la ambivalente relación económica entre funcionarios del Virreinato y el periódico marcarían, pese a su breve historia, dos ejes que se reiterarían en varios períodos posteriores. En los años siguientes, previo a la Revolución de Mayo de 1810, se crearían decenas de periódicos que irían lidiando inconvenientes similares a los que afrontó el Telégrafo Mercantil, en consonancia con la evolución de una sociedad cada vez más compleja y necesitada de información económico-comercial, política y social. La interrupción del vínculo con la corona española fue acompañado por la fundación de la Gazeta de Buenos Aires por Mariano Moreno, el 7 de junio de 1810. La adopción de la Gazeta como diario oficial por parte de la Primera Junta de Gobierno y la conmemoración del 7 de junio como día del periodista son dos hechos que también refuerzan la necesidad de explorar el vínculo entre producción y distribución de información por un lado y la subordinación política y económica al gobierno por el otro, en la historia de los medios de comunicación de la Argentina. Instaurado en 1810, ese espacio nunca superó sin embargo un estado de extremada fragilidad durante la primera mitad del siglo, debiendo enfrentar una permanente amenaza de clausura por la intensidad de los conflictos políticos que la revolución había desatado: proclamadas como valor una y otra vez, la publicidad de los actos públicos y la libertad de pensamiento y expresión fueron sistemáticamente violadas en la práctica” (Myers, 1995: 26). Cuando Mitre, luego de concluir su mandato como presidente (1862-1868), decide fundar La Nación en 1870, lo hace con la convicción de que sólo un diario le permitiría continuar interpelando a la sociedad política y a la incipiente sociedad civil, a pesar de los compromisos económicos que suponía semejante inversión. La fundación de La Nación, como símbolo de época, reviste una importancia fundamentalmente política y cultural. La Nación contenía un proyecto renovador en ese momento histórico, como lo corroboran las firmas de importantes colaboradores que transgredían el canon político y estético de la época. La sociedad de 1870 reclamaría una intervención diferente por parte de los diarios, respecto de la que cultivaron hasta ese momento. Era una sociedad que incubaba una ley de educación básica común y obligatoria (Ley 1420 de 1884), que se preparaba para una seria metamorfosis producto de la extensión y estabilización de sus fronteras contra los pueblos originarios y a la recepción de enormes contingentes de inmigrantes europeos, que sellaba –tras décadas de batallas- el pacto de convivencia entre la ciudad capital y los estados provinciales. Era una sociedad más compleja y la intervención en el espacio público, para disputar políticamente su liderazgo, requería ya no del estilo propagandista propio de la etapa facciosa, sino de acciones más amplias y sutiles. La comparación gramsciana entre la escuela y los medios como dispositivos de asimilación de diferencias y de circulación masiva de concepciones del mundo que pugnan por ser aceptadas y difundidas en la sociedad es validada por la complementaria función de ambas instituciones desde 1880. El desplazamiento de la política de trinchera a la esfera de lo cultural y moral es el que expresa el nacimiento de un periodismo crecientemente profesionalizado, ejercido por asalariados de una clase media en formación, con residencia en grandes urbes, que incorpora nuevos lenguajes, ideas renovadas, temáticas y secciones diferentes a la prensa para permitir su salto a escala industrial de producción. El periodismo faccioso utilizado como arma de combate por la elite política deja su lugar para una emergente ideología de la objetivación, de la asepsia informativa, que se expandirá como el sentido común de los profesionales de la prensa desde fines del siglo XIX y que contribuye a su masificación. Es a partir de este momento histórico cuando puede comenzar a hablarse de la prensa en la Argentina como “industria cultural” en la acepción que ha tomado el concepto acuñado originalmente por Horkheimer y Adorno (Horkheimer 1988).

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